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Cinco de Mayo, de Daniel Durand

El inexorable destino de una pelota
de tenis es perderse, entre los pastos,
o embarrarse en el charco, salvo
aquellas que permanecen, de a tres,
peludas y brillantes
dentro del tubo que está en la estantería.

Lena tiene una muy vieja, que ya casi
no rebota: la perra mastica la pelota.

Miro las hojas verde pastel del sauce,
no hay tanta angustia en las ramas
que bajan hasta el suelo, hojas viejas
de mayo que pronto, harán su último
número de color.

Primero titilarán
hacia los amarillos, veré después
a mi padre barrerlas todas las tardes
acompañando su trabajo con rezongos y mates.

Negras y mojadas se amontonan en la zanja,
las usaremos como turba para esparcir
por los canteros, después vendrá lo peor.

Perdimos nuestra última pelota
de tenis, mi perra y yo. Lena huele
en los pastos, olfatea, pero la estela
olorosa de la pelota se desvaneció
en el aire, ella me mira con la esperanza
de que todo sea otro engaño, quizás la pelota
aún esté escondida entre mis manos, pero no,
es la verdad.

La pelotita de tenis se perdió
para siempre. Lena mira el muro
por donde la vimos cruzar al otro lado,
luego retorna su actividad olfativa
yo también vuelvo a la observación
de los árboles, pero preferiríamos,
los dos, no haber perdido nuestra pelota
para seguir jugando.


SOBRE EL AUTOR: Daniel Durand es integrante de la llamada Generación del 90, fundador de revistas y editoriales de poesía. Nació en Concordia en 1957.

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